De visita en una prisión: experiencias transformadoras 1

De visita en una prisión: experiencias transformadoras 1

 

Le pregunto a Eduardo qué es lo que hará el primer día cuando salga. Él dice que “comer con su familia” y luego sonríe, como si se sorprendiera a sí mismo: “hace mucho que no escucho ladrar a un perro”, por ejemplo. Le faltan sólo unos meses -su condena termina en abril- y ésta es su última parada: ventanas enrejadas y un patio desde el que han aprendido a contemplar las pocas estrellas que se alcanzan a ver.

Llegamos al Reclusorio alrededor de las 9 de la mañana. En este espacio se les prepara para reincorporarse a la sociedad mediante tareas, actividades y talleres. Las personas que hoy conocemos llevan encerradas desde 3 hasta 20 años. Mientras esperamos afuera, dos de ellos, con su traje color beige, nos saludan por detrás de una puerta de cristal, agitando la mano, y nosotros les devolvemos el saludo desde adentro.

De camino hacia la prisión, nuestros guías nos han dado algunas recomendaciones: no dar mucha información y, sobre todo, apelar al sentido común. Al abrirse la puerta que nos separa, nos dirigimos hacia sus dormitorios y atravesamos un pasillo que huele a humedad y a cemento. Con un saludo de mano nos reciben siete de ellos y entre nosotros hay un aire de empatía. Nos llevan hasta un pequeño patio común, con sillas de plástico que acomodamos en dos filas para escuchar lo que durante tres meses se han preparado para decir; a lo largo de este tiempo, nuestros guías los han preparado para hablar frente a otros. El taller de oratoria fue voluntario y cada uno eligió su propio tema.

La charla en los dormitorios

Pino nos cuenta que es abogado con maestría en Pedagogía y que afuera -hace 17 años ya de eso- era maestro. “Era antrero. Era pedero. Comete uno un error en la vida. Se me hizo fácil”. Recuerda que el primer día en la cárcel tuvo que pelearse con otro preso para recuperar sus zapatos, y también nos da un glosario de términos propios de la cárcel: “Sí, carnal” para saludar (hace hincapié en la entonación -debe ser firme-) o “araña”, el tupper que se avientan para enviarse cosas de una celda a otra.

Nos hablan de sus primeras impresiones, de cómo es dormir con otras personas en la misma celda, compartir baños y escusados sin puertas y alimentarse de huevos “radiactivos”. También, cada uno, de sus reflexiones en torno a la amistad, el tiempo y la libertad. De cómo “los sonidos de afuera ahora son música”. Y nos hacen preguntas que respondemos con inseguridad, acerca de lo que significa el tiempo o la amistad.

Eduardo dice que es difícil llegar a un lugar de estos y voltear a ver que ya no hay nadie. Después de varios años aquí, tener un buen amigo significa para él otra cosa.

Eder nos cuenta de cómo aprendió a controlar sus emociones e impulsos en prisión, y de cómo después de sentir la rabia más profunda, logró tener tolerancia primero consigo mismo.

Roberto nos cuenta sobre cómo se puede pasar sentirse muerto en libertad, a sentirse vivo en cautiverio.

Al finalizar la charla, comemos con ellos tortas y refrescos, y les agradecemos por habernos recibido. Nos despedimos con los apretones de manos, las miradas y los abrazos de quienes te han dejado algo para siempre. Cruzamos una puerta que nos lleva otra vez al estacionamiento. El policía nos devuelve nuestras identificaciones y revisa nuestros sellos de la muñeca derecha.

Al salir hace menos frío que adentro: uno tiene la sensación de haber atravesado por algo verdadero.

 

De visita en una prisión: experiencias transformadoras 1

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